martes, 2 de abril de 2013

Concierto de The National @ Coliseu do Porto (Oporto) 23 May 2011


Estoy ante una disyuntiva: reseño las (pocas) cosas que no me gustaron de lo que vi o escuché durante el concierto de ayer lunes o paso de puntillas sobre ellas y destaco todo lo bueno que The National ofreció en el Coliseu do Porto y que tanto me hizo disfrutar durante un rato...

Y heme aquí, deshojando la margarita (me porto mal, me porto bien, me porto mal...) y sin embargo no puedo dejar de pensar en los gemelos Dessner, avanzando y retrocediendo en paralelo desde la parte delantera del escenario al centro del mismo durante la interpretación de 'Mistaken for strangers', con sus guitarras colgadas al hombro, en perfecta sincronización en lo que a movimientos de pies, movimientos de brazos y ritmo de batería se refiere, como una versión cutre de AC/DC, como si estuvieran demostrando todo lo aprendido en clases de aerobic-rock.
Y tampoco puedo quitarme de la cabeza la imagen de Scott Devendorf, bajista de la banda, agitando los brazos cual aspas de molino de viento pidiendo los aplausos del respetable después del segundo estribillo de 'Slow show'. No, Scott, no se puede ni se debe forzar la espontaneidad de la gente de esa manera, a menos que sea por una causa muy justificada. No es el tipo de cosas que los miembros de una banda de rock respetable deberían hacer...
Y hablando del público y de las palmas, alguien debería decirle a los portugueses que no siempre hay que acompañar el ritmo de la canción con las dichosas palmas. A veces, sobre todo cuando se trata de un tema lento, las canciones NO piden palmas, sino el más absoluto de los silencios, para poder así apreciar todos los detalles y toda la sutileza de la interpretación.
Y también deberían saber que hay que esperar a que la canción acabe del todo para romper a aplaudir y no hacerlo cinco o diez segundos antes, porque de esa manera nos privan a los demás de saber cómo acaba la película... y en ocasiones lo mejor de la película está precisamente al final, en esa décima de segundo que separa el último acorde del silencio.
Supongo que el público de Oporto no está tan acostumbrado como el de Madrid o Barcelona (por poner un ejemplo) a que desfilen por sus salas grandes bandas internacionales... y probablemente por esta razón se entregan de la manera que lo hacen con casi cualquier artista, pero eso no puede justificar ciertas actitudes o comportamientos, impropios de gente que, se supone, siente amor y respeto por la música.

Y sigo deshojando la margarita (me porto bien, me porto mal, me porto bien...)

(...)

(...)

Y llego a la conclusión de que tengo que dejar de lado mis manías de melómano y limitarme a destacar todo aquello que me gustó (que fue mucho) del concierto de anoche; hablar de ese cóctel maravilloso de música y luz, de canciones y emociones, de actitud y oficio con el que tanto vibré durante las casi dos horas que duró el concierto y que han convertido a The National en una de las bandas del momento.

Un tratado de rock de alta escuela.

Un poco antes de las 21:30 horas del lunes 23 de Mayo las luces del Coliseu do Porto se desvanecían de forma súbita, al tiempo que empezaba a sonar por la megafonía del teatro 'The man in me', la canción de Bob Dylan con que los músicos hacían acto de presencia en el escenario portugués bajo la atronadora ovación del público.
La elección que las distintas bandas hacen de esta canción de entrada y el significado que ello encierra me ha parecido siempre un tema importante, mucho más de lo que pueda parecer a simple vista (u oída). A veces es un reflejo de los gustos musicales del grupo, otras una plasmación del respeto que sienten por éste o aquel artista, en ocasiones una declaración acerca de la dirección que les gustaría tomar en lo que a su música se refiere y, en algunos conciertos, simplemente un recurso para agitar a la gente ante la inminente salida a escena de los músicos. Sea como fuere, los miembros de The National y los músicos que les acompañan salieron del backstage con el Maestro Bob como banda sonora, saludaron al público y ocuparon sus posiciones con rapidez; todos menos uno, el frontman Matt Berninger, que lo hizo unos segundos más tarde, con el rostro serio, sin apenas gesticular y apurando una copa de vino tinto. Y en el mismo instante en que asía el micrófono con su mano derecha, empezaban a sonar los acordes de 'Runaway', la canción que habría el setlist.

Runaway es, de todas las canciones del repertorio de The National, de todas las opciones posibles, la mejor para empezar un concierto. Con un crescendo apenas perceptible y apoyada por una fantástica sección de vientos, que ayuda a definir y perfilar el sonido de la canción (de ésta y de muchas otras), la banda va añadiendo intensidad a la melodía segundo a segundo, compás a compás, tejiendo una red que atrapa al espectador y lo transporta a su universo musical particular, singular y único. Y una vez allí, es imposible escaparse.

'Anyone's ghost' siguió a 'Runaway' y más tarde vinieron 'Secret meeting' y 'Mistaken for strangers' y se sucedían momentos de gran intensidad seguidos de la calma más placentera, otra de las características de la música de The National, y en todos ellos el batería de la banda, Bryan Devendorf, con ese aspecto tan curioso, con esa cinta de jugador de tenis de los 80 alrededor de la cabeza, como un personaje salido de una peli de Wes Anderson, demostraba cuán decisivo es su papel y hasta qué punto condiciona y define el sonido del grupo. El mayor y más alto de los hermanos Devendorf no se limita a tocar una base rítmica sobre la que el resto de la banda pueda  apoyarse, sino que dibuja una línea instrumental con contenido propio, que pasa de la retaguardia (como suele ser habitual en la mayoría de bandas) al primer plano de la melodía. Hay pocos baterías en la historia de la música de quienes pueda decirse esto, y Bryan Davendorf pertenece sin duda alguna a este selecto grupo, en el que están John Bonham (Led Zeppelin), Stewart Copeland (The Police) y Phil Selway (Radiohad), entre otros.

'Bloodbuzz Ohio' fue el primero de los momentos álgidos del show y provocó que el público situado en la parte trasera del teatro abandonase sus asientos y se trasladase a la parte delantera, ocupando los pasillos laterales y el hueco formado entre la primera fila de butacas y el escenario. Y ya no se movieron de ahí y demostraron una entrega total a lo largo de toda la noche. La entrega fue tal que Matt Berninger, cerca del final, dijo que jamás se había encontrado con un ambiente tan maravilloso en un concierto y que no podía creerse que nunca antes hubieran tocado en Oporto. Se notaba que lo decía de corazón, que no era una declaración fingida ni un gesto de cara a la galería. El público portugués es un público apasionado y agradecido y el teatro del Coliseu el mejor de los escenarios posibles, por su escala perfecta y por su magnífica acústica. Los miembros de The National disfrutaban de ambas cosas (ambiente y sala) y no se molestaban en disimularlo, al tiempo que encadenaban una tras otra canciones de sus tres últimos discos, siendo 'High Violet' el que más aportaba al setlist.
Personalmente (y en relación a este disco) tenía especial ilusión por escuchar en directo tres canciones del mismo, las que para mí son las mejores canciones del que para mí es el mejor álbum de The National: 'Bloodbuzz Ohio', 'England' y 'Sorrow'. Tocaron las dos primeras, pero no consiguieron emocionarme tanto como esperaba. Y sin embargo, otras de las que apenas esperaba nada y en las que ni siquiera había pensado, sí lo hicieron, como 'Afraid of everyone' o 'Conversation 16'. Es, con todo seguridad, una cuestión de expectativas y de lo difícil que resulta siempre cumplirlas.
Y no tocaron la última de la terna, pero en realidad no me importó, porque por alguna extraña razón creo que es bueno que esto ocurra en los conciertos, es bueno que los grupos no desplieguen todo su arsenal y se guarden alguna bala en la recámara. Supongo que es una suerte de masoquismo musical particular. Tendré que hacérmelo ver.

En algunas de las 21 canciones que pudimos escuchar ayer por la noche se confirmaron las sospechas que venía arrastrando desde hace unos días en lo que a la dificultad de trasladar la preciosa voz de barítono de Matt Beringer al directo se refería. Una voz tan llena de matices no suele llevarse bien con la excitación e inmediatez del directo, y en ocasiones, en momentos puntuales (al final de 'England') o en algún tema especialmente exigente ('Mr. November'), ésta se le quebraba o perdía finura. En cualquier caso, tan importante como su despliegue vocal fueron su actitud y liderazgo durante el show. Casi al final del concierto, precisamente a la hora de interpretar 'Mr. November', cruzó la platea micrófono en mano, con un cable infinito que largaban dos técnicos desde el escenario, sin dejar de cantar, mezclándose cada vez más con un público que lo manoseaba y abrazaba, encaramándose hacia los palcos, encontrando un sitio entre las butacas situadas en la parte más alta del teatro para tener una panorámica completa de la sala y poder admirar, desde esa atalaya, la entrega total de sus fans.

El concierto tuvo un epílogo perfecto con 'Vanderlyle cry baby geeks'. El momento, la canción (convertida ya en himno), el público cantando a coro, las luces del teatro completamente encendidas anunciando el final del show, la emoción de la gente, la sensación de que momentos como este alimentan y dan sentido a la pasión que algunos tenemos por la música... Todo lo que pudimos experimentar en esos tres minutos fue épico y maravilloso.

Y como despedida, con todos los músicos sobre el escenario abrazados y haciendo reverencias al público, empezó a sonar 'Ain't no sunshine' de Bill Withers, para dejarnos un sabor de boca todavía mejor, para conseguir que nuestra sonrisa fuera todavía más grande, para recordarnos que la música que escuchamos hoy y que tanto nos entusiasma guarda unos lazos muy estrechos con la música de otras épocas y para evidenciar que, tras The National, vendrán otros grupos igual de buenos, que tomarán su testigo y su música como herencia y que conseguirán engancharnos de la misma manera, haciendo que sigamos inmersos en esta rueda que nunca para de girar...

Que no pare nunca, por favor.