A M. Ward nunca le gustó la idea de tocar en Vigo.
"Vigo? Where the fuck is that Vigo? Do we really need to do this?" le
dijo a su manager cuando se enteró de la noticia de ese concierto... Éste,
perfecto conocedor de las reacciones de su representado y de cómo hacer para
tranquilizarle, le explicó que esa fecha estaba libre, que coincidía entre un
concierto en Lisboa y otro en Oporto y que la distancia entre Vigo y Oporto era
de 1 hora y media en coche. Le dijo, además, que era un concierto sin banda y en
formato acústico, con el simple acompañamiento de piano y guitarra. "Vas a
subirte al escenario, vas a tocar 15 temas (ni uno más ni uno menos) y después
nos vamos a ir los dos a comer buen marisco y a beber buen vino blanco! Al día
siguiente, nos bajamos a Oporto en coche y ¡listo!. Prácticamente ni te habrás
enterado...y habremos ganado algo de dinero, ¡que buena falta nos hace!"
Matt hizo una
mueca de desaprobación mientras giraba lentamente la cabeza a un lado y a otro,
pero pensó que en el fondo no estaba tan mal la cosa... y que tenía ganas de
probar ese marisco y ese vino del norte de España del que tanto había oído
hablar. Además, le gustaban ese tipo de conciertos en solitario cada equis
tiempo. Eran como pequeños pasatiempos para oxigenar cabeza y espíritu en medio
de la vorágine de las giras. "Ok, let's fucking do it then"
Nosotros, el
público vigués, ajenos a toda esta historia y tan poco acostumbrados a que
gente de esta categoría pise nuestros escenarios, esperábamos ansiosos este
concierto en el Auditorio do Concello, un pequeño teatro anexo al edificio del
Ayuntamiento que se antojaba perfecto para la ocasión. Unas 80 personas en el
patio de butacas y en el escenario, en perfecta soledad y bajo una luz muy
tenue, un hermoso piano de cola negro.
Al filo de
las 21:00 horas salió Matthew al escenario con una guitarra colgada al hombro,
se situó frente al pie del micro, ajustó un poco la altura del mismo, miró
hacia el público y empezó el recital. Y digo recital porque lo que presenciamos
esa noche en el teatro vigués fue todo un ejercicio de técnica, oficio,
elegancia y sofisticación. Un recital de virtudes de un Músico con 'M' mayúscula.
Matt se movía
sobre el escenario como si fuera el salón de su casa. Se le veía cómodo, con mucha
soltura, demostrando que ése era su hábitat natural y demostrando además ser un
fantástico guitarrista: sutil, preciso y precioso. Las canciones, a veces extremadamente
lentas y que en otros artistas resultarían tediosas, se volvían suaves y
sofisticadas en sus manos y en su voz. Destilaba clase en todo lo que hacía,
alternando de manera magistral temas con diferentes ritmos y velocidades.
Y demostró
ser un fantástico pianista también. En ocasiones, se recostaba sobre el piano y
tocaba con una mano mientras agarraba con la otra el micrófono para cantar. Así
de cómodo y suelto estaba el tipo. Y me acordé del concierto de Rufus
Wainwright que había visto en Santiago unos meses atrás. Porque ese concierto,
con un formato idéntico a éste, resultó profundamente aburrido y monótono. Y Matthew
Stephen Ward demostraba canción a canción que no era un problema del 'qué' sino
del 'cómo'. Demostró que la excelencia casi siempre radica en las cosas
pequeñas, casi inapreciables, pero que transforman de manera completa el
conjunto. Matt hacía fácil lo difícil y nosotros, en el patio de butacas,
degustábamos con placer cada segundo de esa exquisitez musical.
Interpretó
temas de todos sus discos, dando predominancia en el setlist a las canciones del
último, 'Hold time', publicado dos años antes. Pero también tocó un par de
temas ajenos y dio cabida incluso a una canción del disco de 'Monsters of
Folk' (el supergrupo que formó junto a miembros de Bright Eyes y My Morning
Jacket) y que tocó a continuación de 'Sad, sad song', la canción con la que yo le
descubrí y que supuso, con toda seguridad, el momento álgido del concierto.
Y una hora y
cuarto después de su aparición en el escenario, tras un pequeño intervalo y dos
bises, se fue con la misma elegancia con la que entró, con la guitarra colgada
al hombro, con la certeza del que se sabe uno de los elegidos, con el rostro
sereno y el espíritu tranquilo, con la satisfacción del deber cumplido.
Nota 1: Este concierto fue muy especial para
mí. Lo fue por una razón personal. Lo fue porque supuso el inicio de una nueva
etapa en mi vida. Y lo fue porque me di cuenta de que, aún habiendo pasado del
estéreo al mono, mi pasión por la música en directo seguía intacta. Lo
fue porque a partir de ese concierto vendrían muchos más y, aunque la forma de
escucharlos ya no nunca sería la misma, ahora tenía la certeza de que seguiría
disfrutando de ellos. Y lo fue porque me di cuenta de que la vida seguía y de
que disfrutar de momentos como éste hacían que la vida mereciera la pena.
Nota 2: Vi a M. Ward de nuevo y de forma
fugaz una semana más tarde en el Primavera Sound de Barcelona. Ya no estaba él
solo en el escenario, sino acompañado de una banda de excelentes músicos (sección de viento incluida). Y las canciones ya no eran tranquilas y sosegadas,
sino agitadas y nerviosas, pero seguían transmitiendo y demostrando todas
aquellas virtudes que me habían maravillado de él en el concierto de Vigo.
Matt domina
el 'qué', el 'cómo' y el 'cuándo'. Un artista con mayúsculas.