Estoy ante una disyuntiva: reseño las (pocas) cosas
que no me gustaron de lo que vi o escuché durante el concierto de ayer lunes o
paso de puntillas sobre ellas y destaco todo lo bueno que The National
ofreció en el Coliseu do Porto y que tanto me hizo disfrutar durante un rato...
Y heme aquí, deshojando la margarita (me porto mal, me porto bien, me porto mal...) y
sin embargo no puedo dejar de pensar en los gemelos Dessner, avanzando y
retrocediendo en paralelo desde la parte delantera del escenario al centro del
mismo durante la interpretación de 'Mistaken for strangers', con sus guitarras
colgadas al hombro, en perfecta sincronización en lo que a movimientos de pies,
movimientos de brazos y ritmo de batería se refiere, como una versión cutre de
AC/DC, como si estuvieran demostrando todo lo aprendido en clases de aerobic-rock.
Y tampoco
puedo quitarme de la cabeza la imagen de Scott Devendorf, bajista de la banda,
agitando los brazos cual aspas de molino de viento pidiendo los aplausos del
respetable después del segundo estribillo de 'Slow show'. No, Scott, no se
puede ni se debe forzar la espontaneidad de la gente de esa manera, a menos que
sea por una causa muy justificada. No es el tipo de cosas que los miembros de
una banda de rock respetable deberían hacer...
Y hablando
del público y de las palmas, alguien debería decirle a los portugueses que no
siempre hay que acompañar el ritmo de la canción con las dichosas palmas. A
veces, sobre todo cuando se trata de un tema lento, las canciones NO piden
palmas, sino el más absoluto de los silencios, para poder así apreciar todos
los detalles y toda la sutileza de la interpretación.
Y también
deberían saber que hay que esperar a que la canción acabe del todo para romper a
aplaudir y no hacerlo cinco o diez segundos antes, porque de esa manera nos
privan a los demás de saber cómo acaba la película... y en ocasiones lo mejor
de la película está precisamente al final, en esa décima de segundo que separa
el último acorde del silencio.
Supongo que
el público de Oporto no está tan acostumbrado como el de Madrid o Barcelona
(por poner un ejemplo) a que desfilen por sus salas grandes bandas
internacionales... y probablemente por esta razón se entregan de la manera que
lo hacen con casi cualquier artista, pero eso no puede justificar ciertas
actitudes o comportamientos, impropios de gente que, se supone, siente amor y
respeto por la música.
Y sigo
deshojando la margarita (me porto bien, me porto mal, me porto bien...)
(...)
(...)
Y llego a la
conclusión de que tengo que dejar de lado mis manías de melómano y limitarme a destacar
todo aquello que me gustó (que fue mucho) del concierto de anoche; hablar de ese
cóctel maravilloso de música y luz, de canciones y emociones, de actitud y
oficio con el que tanto vibré durante las casi dos horas que duró el concierto
y que han convertido a The National en una de las bandas del momento.
Un tratado de
rock de alta escuela.
Un poco antes
de las 21:30 horas del lunes 23 de Mayo las luces del Coliseu do Porto se desvanecían
de forma súbita, al tiempo que empezaba a sonar por la megafonía del teatro
'The man in me', la canción de Bob Dylan con que los músicos hacían acto de
presencia en el escenario portugués bajo la atronadora ovación del público.
La elección
que las distintas bandas hacen de esta canción de entrada y el significado que
ello encierra me ha parecido siempre un tema importante, mucho más de lo que
pueda parecer a simple vista (u oída). A veces es un reflejo de los gustos
musicales del grupo, otras una plasmación del respeto que sienten por éste o
aquel artista, en ocasiones una declaración acerca de la dirección que les
gustaría tomar en lo que a su música se refiere y, en algunos conciertos, simplemente
un recurso para agitar a la gente ante la inminente salida a escena de los
músicos. Sea como fuere, los miembros de The National y los músicos que les
acompañan salieron del backstage con el Maestro Bob como banda sonora,
saludaron al público y ocuparon sus posiciones con rapidez; todos menos uno, el
frontman Matt Berninger, que lo hizo unos segundos más tarde, con el rostro
serio, sin apenas gesticular y apurando una copa de vino tinto. Y en el mismo
instante en que asía el micrófono con su mano derecha, empezaban a sonar los acordes
de 'Runaway', la canción que habría el setlist.
Runaway es,
de todas las canciones del repertorio de The National, de todas las opciones
posibles, la mejor para empezar un concierto. Con un crescendo apenas
perceptible y apoyada por una fantástica sección de vientos, que ayuda a
definir y perfilar el sonido de la canción (de ésta y de muchas otras), la
banda va añadiendo intensidad a la melodía segundo a segundo, compás a compás,
tejiendo una red que atrapa al espectador y lo transporta a su universo musical
particular, singular y único. Y una vez allí, es imposible escaparse.
'Anyone's
ghost' siguió a 'Runaway' y más tarde vinieron 'Secret meeting' y 'Mistaken for
strangers' y se sucedían momentos de gran intensidad seguidos de la calma más
placentera, otra de las características de la música de The National, y en
todos ellos el batería de la banda, Bryan Devendorf, con ese aspecto tan
curioso, con esa cinta de jugador de tenis de los 80 alrededor de la cabeza,
como un personaje salido de una peli de Wes Anderson, demostraba cuán decisivo es
su papel y hasta qué punto condiciona y define el sonido del grupo. El mayor y
más alto de los hermanos Devendorf no se limita a tocar una base rítmica sobre
la que el resto de la banda pueda
apoyarse, sino que dibuja una línea instrumental con contenido propio,
que pasa de la retaguardia (como suele ser habitual en la mayoría de bandas) al
primer plano de la melodía. Hay pocos baterías en la historia de la música de
quienes pueda decirse esto, y Bryan Davendorf pertenece sin duda alguna a este
selecto grupo, en el que están John Bonham (Led Zeppelin), Stewart Copeland
(The Police) y Phil Selway (Radiohad), entre otros.
'Bloodbuzz
Ohio' fue el primero de los momentos álgidos del show y provocó que el público
situado en la parte trasera del teatro abandonase sus asientos y se trasladase
a la parte delantera, ocupando los pasillos laterales y el hueco formado entre
la primera fila de butacas y el escenario. Y ya no se movieron de ahí y
demostraron una entrega total a lo largo de toda la noche. La entrega fue tal que
Matt Berninger, cerca del final, dijo que jamás se había encontrado con un ambiente
tan maravilloso en un concierto y que no podía creerse que nunca antes hubieran
tocado en Oporto. Se notaba que lo decía de corazón, que no era una declaración
fingida ni un gesto de cara a la galería. El público portugués es un público
apasionado y agradecido y el teatro del Coliseu el mejor de los escenarios
posibles, por su escala perfecta y por su magnífica acústica. Los miembros de The National disfrutaban de ambas cosas
(ambiente y sala) y no se molestaban en disimularlo, al tiempo que encadenaban
una tras otra canciones de sus tres últimos discos, siendo 'High Violet' el que
más aportaba al setlist.
Personalmente (y en relación a
este disco) tenía especial ilusión por escuchar en directo tres
canciones del mismo, las que para mí son las mejores canciones del que para mí
es el mejor álbum de The National: 'Bloodbuzz Ohio', 'England' y 'Sorrow'. Tocaron
las dos primeras, pero no consiguieron emocionarme tanto como esperaba. Y sin
embargo, otras de las que apenas esperaba nada y en las que ni siquiera había
pensado, sí lo hicieron, como 'Afraid of everyone' o 'Conversation 16'. Es, con
todo seguridad, una cuestión de expectativas y de lo difícil que resulta
siempre cumplirlas.
Y no tocaron
la última de la terna, pero en realidad no me importó, porque por alguna
extraña razón creo que es bueno que esto ocurra en los conciertos, es bueno que
los grupos no desplieguen todo su arsenal y se guarden alguna bala en la
recámara. Supongo que es una suerte de masoquismo musical particular. Tendré
que hacérmelo ver.
En algunas de
las 21 canciones que pudimos escuchar ayer por la noche se confirmaron las
sospechas que venía arrastrando desde hace unos días en lo que a la dificultad
de trasladar la preciosa voz de barítono de Matt Beringer al directo se
refería. Una voz tan llena de matices no suele llevarse bien con la excitación
e inmediatez del directo, y en ocasiones, en momentos puntuales (al final de 'England') o en algún tema especialmente exigente ('Mr. November'), ésta se le quebraba o perdía finura. En
cualquier caso, tan importante como su despliegue vocal fueron su actitud y
liderazgo durante el show. Casi al final del concierto, precisamente a la hora de interpretar 'Mr. November', cruzó la platea micrófono
en mano, con un cable infinito que largaban dos técnicos desde el escenario, sin
dejar de cantar, mezclándose cada vez
más con un público que lo manoseaba y abrazaba, encaramándose hacia los palcos,
encontrando un sitio entre las butacas situadas en la parte más alta del teatro para tener una panorámica completa de la sala y poder admirar, desde esa atalaya, la entrega total de sus fans.
El concierto tuvo un epílogo perfecto con 'Vanderlyle cry baby geeks'. El momento, la canción (convertida ya en himno), el público cantando a coro, las luces del teatro completamente encendidas anunciando el final del show, la emoción de la gente, la sensación de que momentos como este alimentan y dan sentido a la pasión que algunos tenemos por la música... Todo lo que pudimos experimentar en esos tres minutos fue épico y maravilloso.
Y como despedida, con todos los músicos sobre el escenario abrazados y haciendo reverencias al público, empezó a sonar 'Ain't no sunshine' de Bill Withers, para dejarnos un sabor de boca todavía mejor, para conseguir que nuestra sonrisa fuera todavía más grande, para recordarnos que la música que escuchamos hoy y que tanto nos entusiasma guarda unos lazos muy estrechos con la música de otras épocas y para evidenciar que, tras The National, vendrán otros grupos igual de buenos, que tomarán su testigo y su música como herencia y que conseguirán engancharnos de la misma manera, haciendo que sigamos inmersos en esta rueda que nunca para de girar...
El concierto tuvo un epílogo perfecto con 'Vanderlyle cry baby geeks'. El momento, la canción (convertida ya en himno), el público cantando a coro, las luces del teatro completamente encendidas anunciando el final del show, la emoción de la gente, la sensación de que momentos como este alimentan y dan sentido a la pasión que algunos tenemos por la música... Todo lo que pudimos experimentar en esos tres minutos fue épico y maravilloso.
Y como despedida, con todos los músicos sobre el escenario abrazados y haciendo reverencias al público, empezó a sonar 'Ain't no sunshine' de Bill Withers, para dejarnos un sabor de boca todavía mejor, para conseguir que nuestra sonrisa fuera todavía más grande, para recordarnos que la música que escuchamos hoy y que tanto nos entusiasma guarda unos lazos muy estrechos con la música de otras épocas y para evidenciar que, tras The National, vendrán otros grupos igual de buenos, que tomarán su testigo y su música como herencia y que conseguirán engancharnos de la misma manera, haciendo que sigamos inmersos en esta rueda que nunca para de girar...
Que no pare nunca, por favor.
Que recuerdos tan buenos!
ResponderEliminarPero, no fue en Mr November cuando salió con el cable de micro infinito?
Mezclo los recuerdos de este concierto con el de Eindhoven...
Abrazo compañero,
HOLY SHIT!
Toda la razón Moncho.
EliminarEn este ocasión mi memoria me ha fallado... y Youtube no miente!
Error subsanado.
Gracias!
Joder Ale, me han entrado unas ganas irrefrenables de ponerme a escuchar High Violet a toda pastilla.
ResponderEliminarBuenísima crítica, me ha metido tanto en el concierto que el final me ha hecho recordar otros grandes momentos de conciertos pasados (¿te acuerdas de Radiohead en Salamanca?). Casi, casi lágrima...
Radiohead en Salamanca forma parte, junto con Leonard Cohen en Vigo y Sufjan Stevens en Barcelona, de mi Santísima Trinidad Conciertera particular!
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